Todo comenzó una tarde de Abril de 1983 en la motrileña Plaza de Las Palmeras…(¡qué bonito!).
Desde muy pequeño tuve una gran afición, bueno, más que afición, obsesión. Obsesión -sobre todo- por el micrófono, llegando hasta tal punto que con siete años ya me grababa mis propios programas musicales en el radiocassette que teníamos en casa poniendo el altavoz, a modo de micro, al lado de la tele para así grabar y presentar los vídeos musicales del momento. El programa incluso tenía ¡llamadas telefónicas! Llamadas que me realizaba a mí mismo ficticiamente, claro… Todo esto acompañado de varios espectáculos en el salón de mis padres cuando le quitaba la voz a la televisión y la sustituía por la mía (algo que seguro tod@s habéis hecho alguna vez).
Por aquella época, un buen día, mi padre apareció en casa con una cámara de video con el principal objetivo de grabar a mi hermano Ismael que había nacido hacía unos meses. Ni os cuento lo que me gustaba cogerla para grabar pero, sobre todo, ponerme delante para intentar “chupar cámara” más que nadie. Tanto, que la frase más habitual de mi padre era “¡Antonio, quítate que estoy grabando a tu hermano!”.
Al cabo de unos cuantos años, empecé a conocer el mundillo radiofónico, actividad que he tenido la suerte de desempeñar durante bastantes años, hasta que lo fui dejando (no del todo durante un tiempo) para poder comenzar en Madrid mis estudios de doblaje.
Fue a finales de 2004 comencé en la escuela de Interpretación ‘Rafael Alberti’ y Doblaje de Salvador Arias. Y, gracias a él, he podido aprender esta bonita e ilusionante -a la par que dura- profesión que es el doblaje pero eso, eso es otra historia…
*pero eso, eso es otra historia…(frase citada en el final de Conan).
